Mi primer cuento en mucho tiempo:
La carta
Éstas son las primeras palabras vertidas en un papel. Al menos soy el primero que lo ha intentado. No hay registros ni copias celosamente resguardadas; he buscado. No sé si estos garabatos son letras. No sé si son las mismas. No importa, todos los que podían comparar están ahora inconscientes.
Durante varias lunas he preparado mis pensamientos. He ensayado este intento de escritura. Deseo que sobreexista más allá de mi inconsciencia. Es trascendental para mí; tengo fe en que lo sea para todos nosotros.
Sé qué no puedo compararme a nuestros ancestros, nuestros padres. Nada les sobrevive, sólo el viento vertido en mis oídos proveniente de los labios de los duraderos. Algunos de ellos ni siquiera los conocieron. Tantas vueltas han dado las luces en la oscuridad de la noche. Memorias vagas que idealizan en vez de retratar. Eran tan perfectos. Suaves, tibios, en armonía con lo existente. Cargaban sobre sus hombros el manjar más delicioso y a la vez destructivo. Nuestra ambición acabó con ellos. Quizás debería decir su ambición. En fin, nuestra ambición compartida; ya dije que eran destructivos pero también creadores, nos debemos a ellos.
Con esta carta coloco la primera piedra para que ese manjar regresé. Los hay que no lo han probado nunca. Espero que sobreviva generaciones, que las alimente, que nos recuerde lo que alguna vez fuimos. Por los bebés de estos tiempos, que sin merecerlo, nacen hambrientos con esta condición, con este pecado original. Por el primero de nosotros, parcialmente inmune a nuestra condición. Aquel que descubrió que no era el único, que había otros conscientes como él. A quien debemos esta comunidad, este vaga réplica de aquella de nuestros padres, los tibios. Los mismos que nos persiguieron, acribillaron e incineraron, que inconscientizaron al primero de nosotros.
Nuestra sociedad, mis maestros, me han educado, me han formado para servir a un sólo propósito: escribir esta carta. Ellos tiene la esperanza de recuperar la delicia. Sé qué significa esto y lo acepto. Significa sacrificarme para que otros puedan probar lo que yo no. Significa entrar en comunión con mis semejantes. No me duele hacerlo. He tocado con mis muñones putrefactos la perfección humana. Sólo con este sacrificio puedo, podemos, aspirar a ser como nuestros perfectos creadores, los tibios, los seres humanos.
Termino esta carta con mucho cuidado para que mis hermanos zombies no la manchen al comerse mi delicioso cerebro, mi manjar racional que la escritura de esta carta ha hecho posible.
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