Mi primer cuento en mucho tiempo:
La carta
Éstas son las primeras palabras vertidas en un papel. Al menos soy el primero que lo ha intentado. No hay registros ni copias celosamente resguardadas; he buscado. No sé si estos garabatos son letras. No sé si son las mismas. No importa, todos los que podían comparar están ahora inconscientes.
Durante varias lunas he preparado mis pensamientos. He ensayado este intento de escritura. Deseo que sobreexista más allá de mi inconsciencia. Es trascendental para mí; tengo fe en que lo sea para todos nosotros.
Sé qué no puedo compararme a nuestros ancestros, nuestros padres. Nada les sobrevive, sólo el viento vertido en mis oídos proveniente de los labios de los duraderos. Algunos de ellos ni siquiera los conocieron. Tantas vueltas han dado las luces en la oscuridad de la noche. Memorias vagas que idealizan en vez de retratar. Eran tan perfectos. Suaves, tibios, en armonía con lo existente. Cargaban sobre sus hombros el manjar más delicioso y a la vez destructivo. Nuestra ambición acabó con ellos. Quizás debería decir su ambición. En fin, nuestra ambición compartida; ya dije que eran destructivos pero también creadores, nos debemos a ellos.
Con esta carta coloco la primera piedra para que ese manjar regresé. Los hay que no lo han probado nunca. Espero que sobreviva generaciones, que las alimente, que nos recuerde lo que alguna vez fuimos. Por los bebés de estos tiempos, que sin merecerlo, nacen hambrientos con esta condición, con este pecado original. Por el primero de nosotros, parcialmente inmune a nuestra condición. Aquel que descubrió que no era el único, que había otros conscientes como él. A quien debemos esta comunidad, este vaga réplica de aquella de nuestros padres, los tibios. Los mismos que nos persiguieron, acribillaron e incineraron, que inconscientizaron al primero de nosotros.
Nuestra sociedad, mis maestros, me han educado, me han formado para servir a un sólo propósito: escribir esta carta. Ellos tiene la esperanza de recuperar la delicia. Sé qué significa esto y lo acepto. Significa sacrificarme para que otros puedan probar lo que yo no. Significa entrar en comunión con mis semejantes. No me duele hacerlo. He tocado con mis muñones putrefactos la perfección humana. Sólo con este sacrificio puedo, podemos, aspirar a ser como nuestros perfectos creadores, los tibios, los seres humanos.
Termino esta carta con mucho cuidado para que mis hermanos zombies no la manchen al comerse mi delicioso cerebro, mi manjar racional que la escritura de esta carta ha hecho posible.
sábado, 20 de octubre de 2012
jueves, 27 de septiembre de 2012
Cuento: El Ave
El Ave
Pobres animales que no pueden viajar con el viento. La mayoría de ellos no me agrada. Son groseros. Quieres hacerles compañía y te ahuyentan como si fueras a hacerles daño. Sólo quieres hacerle compaía y que él te la haga a ti. No sé si sentirles lástima u odiarlos. Al fin y al cabo no es su culpa, simplemente así son. A pesar de todo hay uno de ellos al que quiero mucho. Es un viejo que siempre está en la plaza. Se pasa las horas dándonos de comer. Nos platica sus problemas, sus inquietudes, sus amores y desvelos. Mientras tanto admiro cómo su cara se envejece cada vez más y más. A ese viejo lo tengo en el corazón. Cuando como las migajas de pan que bota, me la paso escuchando sus historias de sufrimiento. Él también se siente rechazado. No por un desconocido como nosotras, sino por su propia familia. Mil veces he querido consolarlo, pero él no entiende mis palabras. Me recargo en su hombro y miró su cara marchita morirse de tristeza.
Ah, ¿Qué habrá sido de él? Tiene tiempo que no lo veo. Las últimas veces que lo vi, venía con su nietecita, ¡qué feliz se le veía entonces!
Hace poco vino su nietecita sola. Se veía triste, venía toda vestida de negro y nos comenzó a alimentar de la manera que lo hacía su abuelo. Desde entonces me he convertido en su confidente.
jueves, 20 de septiembre de 2012
Cuento "Síes y noes"
Síes y noes
Estábamos ella y yo, nótese que aquí podría decir nosotros, pero sería demasiado prematuro. Como decía, ella y yo recostados sobre el pasto sin nada que decir. Simplemente puse mi mano sobre la suya en signo de apreciación. Perro ella la apartó en seguida en muestra de desagrado al tiempo que decía:
-Que no, ¿no entiendes?, hay mucha gente.
Pero no entendía. Volví a hacerlo y me dijo.
-Que sí, ya sabes que sí, ya sabes que eso no importa.
Entonces decidí alejar mi mano de la suya en signo de incomprensión. Entonces ella reclamó:
-No es que no te entienda, porque sí te entiendo, simplemente quiero saber ¿Por qué?
-¿Por qué qué?, pregunté inquisitivamente.
-Ya sabes.
-No, no sé.
-Si no sabes, haz de cuenta que no pasó nada.
Se levantó muy indignada y se fue. La alcancé unos metros más adelante, la tomé del brazo para evitar que se fuera. Se soltó y me empujó mientras me gritaba:
-¡No puede ser que no sepas por qué!
-Sí, sí puede ser.
-No puede ser y ¿sabes por qué?.
-No, ¿Por qué?
-Olvídalo, dijo ella, y comenzó a avanzar.
La detuve de nuevo, ahora era yo el que estaba molesto.
-¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
-No, dijo ella.
-Sí, eso ya lo sé, yo solamente te quería tomar la mano, y me empezaste a preguntar por qué, pero te juro que no sé de qué hablas.
Me ignoró y continuó avanzando. Me adelanté y le grité: “¡No finjas demencia!”, ella simplemente rio.
-¿Estás enojada conmigo?
-No.
-¿Entonces todavía me amas?
-Sí.
-¿Fue porque te tomé la mano?
-No, eso no me molesta.
-¿Pero estás así por algo que te hice?
--Sí.
-¿Me vas a decir qué hice?
-No.
-Ya dime o ¿esperas que esté así todo el día?
-No, es más, sabes qué, ya me harté de que me estés siguiendo así que te diré. Pero ahora la que hace las preguntas soy yo. ¿Eres fiel?
-Sí.
-Mentiroso, exclama con un tono casi sarcástico.
-¿Por qué dices eso?, le pregunté con curiosidad pero no contestó. Me dejó solo, parado sobre el pasto, mientras a lo lejos oí a unas personas decir: “Esa muchacha está realmente loca. Mató a su novio porque la engañaba y ahora se pone a platicar sola como si hablara con él. Por eso está aquí, un verdadero caso clínico”.
Estábamos ella y yo, nótese que aquí podría decir nosotros, pero sería demasiado prematuro. Como decía, ella y yo recostados sobre el pasto sin nada que decir. Simplemente puse mi mano sobre la suya en signo de apreciación. Perro ella la apartó en seguida en muestra de desagrado al tiempo que decía:
-Que no, ¿no entiendes?, hay mucha gente.
Pero no entendía. Volví a hacerlo y me dijo.
-Que sí, ya sabes que sí, ya sabes que eso no importa.
Entonces decidí alejar mi mano de la suya en signo de incomprensión. Entonces ella reclamó:
-No es que no te entienda, porque sí te entiendo, simplemente quiero saber ¿Por qué?
-¿Por qué qué?, pregunté inquisitivamente.
-Ya sabes.
-No, no sé.
-Si no sabes, haz de cuenta que no pasó nada.
Se levantó muy indignada y se fue. La alcancé unos metros más adelante, la tomé del brazo para evitar que se fuera. Se soltó y me empujó mientras me gritaba:
-¡No puede ser que no sepas por qué!
-Sí, sí puede ser.
-No puede ser y ¿sabes por qué?.
-No, ¿Por qué?
-Olvídalo, dijo ella, y comenzó a avanzar.
La detuve de nuevo, ahora era yo el que estaba molesto.
-¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
-No, dijo ella.
-Sí, eso ya lo sé, yo solamente te quería tomar la mano, y me empezaste a preguntar por qué, pero te juro que no sé de qué hablas.
Me ignoró y continuó avanzando. Me adelanté y le grité: “¡No finjas demencia!”, ella simplemente rio.
-¿Estás enojada conmigo?
-No.
-¿Entonces todavía me amas?
-Sí.
-¿Fue porque te tomé la mano?
-No, eso no me molesta.
-¿Pero estás así por algo que te hice?
--Sí.
-¿Me vas a decir qué hice?
-No.
-Ya dime o ¿esperas que esté así todo el día?
-No, es más, sabes qué, ya me harté de que me estés siguiendo así que te diré. Pero ahora la que hace las preguntas soy yo. ¿Eres fiel?
-Sí.
-Mentiroso, exclama con un tono casi sarcástico.
-¿Por qué dices eso?, le pregunté con curiosidad pero no contestó. Me dejó solo, parado sobre el pasto, mientras a lo lejos oí a unas personas decir: “Esa muchacha está realmente loca. Mató a su novio porque la engañaba y ahora se pone a platicar sola como si hablara con él. Por eso está aquí, un verdadero caso clínico”.
Cuento "Doctor Saturnino Pérez"
“Toda su vida estuvo interesado en la medicina, es una lástima que haya acabado de embalsamador. No le fue mal con su funeraria. En este pueblo la muerte siempre ha sido un negocio, sino pregúntale a su hijo”- digo esto mientras relato mis recuerdos al oficial para ayudarle en su investigación. Un buen vecino debe cumplir con su deber cívico.
“Simplemente pasar por la calle y ver su anuncio de neón, con letras bien grandes que decían: Funeraria Pérez e hijo, era suficiente para darle escalofríos a uno. El Doctor era una persona muy reservada. Siempre fue así desde la muerte de su esposa. Imagínese nada más embalsamar a su propia esposa. Yo no podría vivir con semejante imagen. Pero como le decía, a partir de ese momento fundó la funeraria. Y es que antes de ser embalsamador, era médico”. El agente toma nota de cada palabra que digo en una pequeña libreta roja.
“Adentrarse a ese lugar era un acto heroico. En la entrada tenía colocados todos los féretros, y en medio de ellos un escritorio perfectamente limpio. Usted jamás hubiera visto un rastro de polvo o suciedad. El Doctor era una persona sumamente higiénica. Al terminar de recorrer el pasillo que se encontraba detrás de los féretros, estaba el cuarto de embalsamado. Si usted entrara en ese lugar la piel se le escarcharía. Allí el aire no es un aire como el que respiramos usted y yo, oficial. No. Allí era como sentir la respiración de un fallecido. Un aire exhalado de labios secos. Se podía palpar un frío muerto. Un frío que jamás olvidaría, oficial”. El agente cruza los brazos y voltea para ver si nade más lo mira. <>. Entonces escuché a una voz joven decir a mis espaldas: ¿me buscaba oficial? Soy el hijo del Doctor Pérez. Miro a un lado de mí y veo a un joven acercarse cojeando de su pierna izquierda.
“Simplemente pasar por la calle y ver su anuncio de neón, con letras bien grandes que decían: Funeraria Pérez e hijo, era suficiente para darle escalofríos a uno. El Doctor era una persona muy reservada. Siempre fue así desde la muerte de su esposa. Imagínese nada más embalsamar a su propia esposa. Yo no podría vivir con semejante imagen. Pero como le decía, a partir de ese momento fundó la funeraria. Y es que antes de ser embalsamador, era médico”. El agente toma nota de cada palabra que digo en una pequeña libreta roja.
“Adentrarse a ese lugar era un acto heroico. En la entrada tenía colocados todos los féretros, y en medio de ellos un escritorio perfectamente limpio. Usted jamás hubiera visto un rastro de polvo o suciedad. El Doctor era una persona sumamente higiénica. Al terminar de recorrer el pasillo que se encontraba detrás de los féretros, estaba el cuarto de embalsamado. Si usted entrara en ese lugar la piel se le escarcharía. Allí el aire no es un aire como el que respiramos usted y yo, oficial. No. Allí era como sentir la respiración de un fallecido. Un aire exhalado de labios secos. Se podía palpar un frío muerto. Un frío que jamás olvidaría, oficial”. El agente cruza los brazos y voltea para ver si nade más lo mira. <
Cuento "De amores y burgueses"
De amores y burgueses
En cuestiones del hedonismo opulento, nada como un amor burgués. Tal es el caso de Beatriz Riva, una niña mimada que se enamoró de José Luis Remindré, un gentleman de sociedad con una fuerte enemistad a la clase obrera. Ella con escasos 9, y él con sobrados 20, mantenían una relación exclusivamente platónica. Él tan inmerso en sus guerras contra el proletariado y ella tan absorta por su muñeca Inés. (¿soldados de juguete vs. muñeca Inés?). Poseían varios gustos en común. Tenían un exagerado parecido. A veces no se podía decir si ella era tan madura como él o si él era tan inmaduro como ella. A ambos les encantaba la música. A él le fascinaba el piano y cuando tenía tiempo libre se dedicaba a enseñarle obras de Beethoven o Mozart, que ella tocaba con admirable maestría. Un día entre los dos compusieron una canción, él la letra y ella la música. Era una melodía que iba de lo alegre a lo melancólico, pasando por un estado ambiguo de dudosa intención. Decidieron nombrarle “De Amores y Burgueses”, ya que con estas palabras comenzaba el primer verso. Ese mismo día prometieron amarse eternamente sin dejar de lado su lucha contra el obrero y que cuando acabara la guerra se desposarían en secreto. Una semana después las confrontaciones se intensificaron e hicieron necesario enlistar a más jóvenes burgueses, entre estos, a José Luis.
Mientras tanto la Srta. Riva se daba a conocer como la concertista y compositora de moda, debido a los aconteceres políticos, ya por todos conocidos. Pero lo que la hacía sobresalir era su magnífica interpretación de De amores y burgueses que sacaba al burgués que todos tenemos dentro y lograba unir a toda la burguesía cantando al unísono los siguientes versos:
De amores y burgueses
Cubriréis vosotros la tierra
De obreros e idioteces
Habrás erradicar de ella
Mataréis al revolucionario
Sin siquiera mirar abajo
Le ahorcaras como un canario
Y le dejaras sin trabajo
De amores y burgueses
Llenareis vuestro corazón
De conquistas y placeres
Sin sufrimiento ni razón
¿Quién no recuerda las veces que el Capitán Remindré cantaba esta canción al tiempo que degollaba cabezas proletarias?. El problema se presentó cuando las filas de burgueses se vaciaron y las de los proletarios se aglutinaban, ya no en filas, sino en masas. El día fatídico fue en el que se estableció la dictadura del proletariado sobre la capital. Todo era un caos. A cualquiera que se le viera entonando De amores y burgueses se le fusilaba al momento. El repudio a los burgueses fue tanto que se desataron las hordas proletarias y comenzaron a destruir cualquier cosa relacionada con ellos. Allanaron el hogar de Beatriz, matando a sus padres y violándola salvajemente en grupo. Para su infortunio el capitán se enteró de las locuras cometidas por los proletarios e intentó rescatar a Beatriz. Al llegar al portón de la casa de los Riva, notó que había llegado tarde. Corrió a asistir a la pobre pequeña, pero en cuanto se dio cuenta de que todo fue una trampa para matarlo a él, intentó huir. Sin embargo no evitó que la bala lo atravesara por la espalda. Tampoco pudo evitar que en sus últimos momentos de vida atestiguara cómo los proletarios violaban y mataban a su amada Beatriz.
En cuestiones del hedonismo opulento, nada como un amor burgués. Tal es el caso de Beatriz Riva, una niña mimada que se enamoró de José Luis Remindré, un gentleman de sociedad con una fuerte enemistad a la clase obrera. Ella con escasos 9, y él con sobrados 20, mantenían una relación exclusivamente platónica. Él tan inmerso en sus guerras contra el proletariado y ella tan absorta por su muñeca Inés. (¿soldados de juguete vs. muñeca Inés?). Poseían varios gustos en común. Tenían un exagerado parecido. A veces no se podía decir si ella era tan madura como él o si él era tan inmaduro como ella. A ambos les encantaba la música. A él le fascinaba el piano y cuando tenía tiempo libre se dedicaba a enseñarle obras de Beethoven o Mozart, que ella tocaba con admirable maestría. Un día entre los dos compusieron una canción, él la letra y ella la música. Era una melodía que iba de lo alegre a lo melancólico, pasando por un estado ambiguo de dudosa intención. Decidieron nombrarle “De Amores y Burgueses”, ya que con estas palabras comenzaba el primer verso. Ese mismo día prometieron amarse eternamente sin dejar de lado su lucha contra el obrero y que cuando acabara la guerra se desposarían en secreto. Una semana después las confrontaciones se intensificaron e hicieron necesario enlistar a más jóvenes burgueses, entre estos, a José Luis.
Mientras tanto la Srta. Riva se daba a conocer como la concertista y compositora de moda, debido a los aconteceres políticos, ya por todos conocidos. Pero lo que la hacía sobresalir era su magnífica interpretación de De amores y burgueses que sacaba al burgués que todos tenemos dentro y lograba unir a toda la burguesía cantando al unísono los siguientes versos:
De amores y burgueses
Cubriréis vosotros la tierra
De obreros e idioteces
Habrás erradicar de ella
Mataréis al revolucionario
Sin siquiera mirar abajo
Le ahorcaras como un canario
Y le dejaras sin trabajo
De amores y burgueses
Llenareis vuestro corazón
De conquistas y placeres
Sin sufrimiento ni razón
¿Quién no recuerda las veces que el Capitán Remindré cantaba esta canción al tiempo que degollaba cabezas proletarias?. El problema se presentó cuando las filas de burgueses se vaciaron y las de los proletarios se aglutinaban, ya no en filas, sino en masas. El día fatídico fue en el que se estableció la dictadura del proletariado sobre la capital. Todo era un caos. A cualquiera que se le viera entonando De amores y burgueses se le fusilaba al momento. El repudio a los burgueses fue tanto que se desataron las hordas proletarias y comenzaron a destruir cualquier cosa relacionada con ellos. Allanaron el hogar de Beatriz, matando a sus padres y violándola salvajemente en grupo. Para su infortunio el capitán se enteró de las locuras cometidas por los proletarios e intentó rescatar a Beatriz. Al llegar al portón de la casa de los Riva, notó que había llegado tarde. Corrió a asistir a la pobre pequeña, pero en cuanto se dio cuenta de que todo fue una trampa para matarlo a él, intentó huir. Sin embargo no evitó que la bala lo atravesara por la espalda. Tampoco pudo evitar que en sus últimos momentos de vida atestiguara cómo los proletarios violaban y mataban a su amada Beatriz.
Cuento "El desván y la cruz".
El desván y la cruz
En un rincón del viejo desván en el rancho de mi abuelo Jaime, ahí está. ¿Te acuerdas?, el rancho que está al otro lado de San Pedro. La primera vez que la vi, pensé que era la representación más fiel y real que ha existido de la crucifixión. De acuerdo con mi abuelo era la misma cruz que cargó Jesús. Inclusive está impregnada de sangre en los lugares donde estaban los clavos, nos decía. Probablemente algún loco le roció su propia sangre para hacer de la leyenda algo real, pensé. También nos contaba de las historias de aquellos que por mera casualidad entraban en contacto con la sangre, “todos acababan muertos a no menos de unas semanas”-decía mi abuelo- “¡la cruz está maldita!”.
Mi tío Jorge nos relataba lo que según él, fue la ruta que recorrió la cruz para llegar hasta San Pedro. Él decía que un árabe compró las maderas de la cruz. De alguna forma las maderas lograron llegar a Marruecos, donde cruzaron hasta España. Los misioneros las encontraron, e irónicamente, las usaron para crear otra cruz. Se rumora que un fraile obsesionado fue en un viaje a Jerusalén por los restos de Jesús. Él aseguraba que el cuerpo mortal seguía enterrado no muy lejos del lugar de la crucifixión. Lo encontró, o al menos eso afirma. Nadie sabe si era auténtico, pero de lo que sí estaban seguros es que traía mala fortuna. Probablemente a Dios no le gustaba que jugaran con su cuerpo. Este fraile utilizó los restos del cadáver momificado para crear una figura de Jesús crucificado. Dada la evangelización de América y demás hechos conocidos por todos, la cruz encontró su camino hasta la Nueva España. Desde entonces ha pertenecido a mi familia.
Mi abuelo siempre decía: “México está como está, porque la cruz está en sus tierras, por eso esta zona y sus alrededores son tierras malas, Dios las ha hecho áridas”. ¿Y cómo es que mi abuelo había logrado sobrevivir a la maldición de la cruz?, pregunta inquisitivamente mi primito Alberto. “Pues no lo ha logrado tan bien, ya ves lo enfermo que está, por eso vinimos hasta acá, hasta la casa de mi tío Jorge. Para despedirnos de él”, le contesté. “¿Por qué no vamos al rancho y averiguamos si realmente hay un cadáver en la cruz?”, sugiere de forma maliciosa mientras se levanta de su silla, listo para ir. “Pero el rancho está al otro lado del pueblo, ¿seguro que quieres ir hasta allá?”. Antes de terminar de formular la pregunta, lo vi montado sobre su caballo, así que decidí acompañarlo. ¿Por qué no?, pensé, sería una manera de pasar el tiempo. De cualquier forma estoy seguro que solamente son historias que se inventaron los viejos para asustarnos.
Mientras cruzábamos el puente que pronto nos conduciría al rancho, escuché truenos. Sin embargo no vi alguno. Cualquiera pensaría que en la noche es más fácil apreciarlos. Llegamos al rancho. Amarramos los caballos que parecían un poco asustados. Nos adentramos a la casa. Subimos las escaleras de madera rechinante. Antes de subir al desván, tomé una lámpara de alcohol de lo que solía ser el cuarto del abuelo. Una vez arriba no hubo problema en encontrarla. Era tan grande e imponente que me fue difícil recobrar el aliento. Su rostro expresaba más sufrimiento del que jamás había visto. Podía sentir cómo el frío se colaba por la ventana y me susurraba al oído: "¿Por qué me han de recordar así? Crucificado, sangrado, triste. No fue suficiente crucificarme. Tenían que condenarme a una vida de brazos abiertos y muñecas perforadas. Miles de años no han sido suficientes, ¿quieren más?”. Se detiene y solloza en mi oído. Nunca había escuchado al viento sollozar tan claramente. Estoy empezando a creer en las leyendas. Mi primo halla una navaja con la que empieza a perforar la cruz. “¡Es Jesús!”, grita con entusiasmo cuando extrae lo que parece ser un hueso. “¡Es un hueso de Jesucristo!”, reitera mi primito. De pronto más truenos se hacen presentes. Me asomo por la ventana y veo cómo poco a poco se acercan alrededor de la casa. Corro para alejar a mi primito, pero un trueno se nos adelanta. Perfora el techo y derriba la cruz. Ésta aplasta nuestros cuerpos. La leyenda era verdad. Ahora el abuelo ha muerto…y nosotros también.
En un rincón del viejo desván en el rancho de mi abuelo Jaime, ahí está. ¿Te acuerdas?, el rancho que está al otro lado de San Pedro. La primera vez que la vi, pensé que era la representación más fiel y real que ha existido de la crucifixión. De acuerdo con mi abuelo era la misma cruz que cargó Jesús. Inclusive está impregnada de sangre en los lugares donde estaban los clavos, nos decía. Probablemente algún loco le roció su propia sangre para hacer de la leyenda algo real, pensé. También nos contaba de las historias de aquellos que por mera casualidad entraban en contacto con la sangre, “todos acababan muertos a no menos de unas semanas”-decía mi abuelo- “¡la cruz está maldita!”.
Mi tío Jorge nos relataba lo que según él, fue la ruta que recorrió la cruz para llegar hasta San Pedro. Él decía que un árabe compró las maderas de la cruz. De alguna forma las maderas lograron llegar a Marruecos, donde cruzaron hasta España. Los misioneros las encontraron, e irónicamente, las usaron para crear otra cruz. Se rumora que un fraile obsesionado fue en un viaje a Jerusalén por los restos de Jesús. Él aseguraba que el cuerpo mortal seguía enterrado no muy lejos del lugar de la crucifixión. Lo encontró, o al menos eso afirma. Nadie sabe si era auténtico, pero de lo que sí estaban seguros es que traía mala fortuna. Probablemente a Dios no le gustaba que jugaran con su cuerpo. Este fraile utilizó los restos del cadáver momificado para crear una figura de Jesús crucificado. Dada la evangelización de América y demás hechos conocidos por todos, la cruz encontró su camino hasta la Nueva España. Desde entonces ha pertenecido a mi familia.
Mi abuelo siempre decía: “México está como está, porque la cruz está en sus tierras, por eso esta zona y sus alrededores son tierras malas, Dios las ha hecho áridas”. ¿Y cómo es que mi abuelo había logrado sobrevivir a la maldición de la cruz?, pregunta inquisitivamente mi primito Alberto. “Pues no lo ha logrado tan bien, ya ves lo enfermo que está, por eso vinimos hasta acá, hasta la casa de mi tío Jorge. Para despedirnos de él”, le contesté. “¿Por qué no vamos al rancho y averiguamos si realmente hay un cadáver en la cruz?”, sugiere de forma maliciosa mientras se levanta de su silla, listo para ir. “Pero el rancho está al otro lado del pueblo, ¿seguro que quieres ir hasta allá?”. Antes de terminar de formular la pregunta, lo vi montado sobre su caballo, así que decidí acompañarlo. ¿Por qué no?, pensé, sería una manera de pasar el tiempo. De cualquier forma estoy seguro que solamente son historias que se inventaron los viejos para asustarnos.
Mientras cruzábamos el puente que pronto nos conduciría al rancho, escuché truenos. Sin embargo no vi alguno. Cualquiera pensaría que en la noche es más fácil apreciarlos. Llegamos al rancho. Amarramos los caballos que parecían un poco asustados. Nos adentramos a la casa. Subimos las escaleras de madera rechinante. Antes de subir al desván, tomé una lámpara de alcohol de lo que solía ser el cuarto del abuelo. Una vez arriba no hubo problema en encontrarla. Era tan grande e imponente que me fue difícil recobrar el aliento. Su rostro expresaba más sufrimiento del que jamás había visto. Podía sentir cómo el frío se colaba por la ventana y me susurraba al oído: "¿Por qué me han de recordar así? Crucificado, sangrado, triste. No fue suficiente crucificarme. Tenían que condenarme a una vida de brazos abiertos y muñecas perforadas. Miles de años no han sido suficientes, ¿quieren más?”. Se detiene y solloza en mi oído. Nunca había escuchado al viento sollozar tan claramente. Estoy empezando a creer en las leyendas. Mi primo halla una navaja con la que empieza a perforar la cruz. “¡Es Jesús!”, grita con entusiasmo cuando extrae lo que parece ser un hueso. “¡Es un hueso de Jesucristo!”, reitera mi primito. De pronto más truenos se hacen presentes. Me asomo por la ventana y veo cómo poco a poco se acercan alrededor de la casa. Corro para alejar a mi primito, pero un trueno se nos adelanta. Perfora el techo y derriba la cruz. Ésta aplasta nuestros cuerpos. La leyenda era verdad. Ahora el abuelo ha muerto…y nosotros también.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Todas las niñas deberían llamarse Vainilla.
Uy, encontré un texto que escribí hace muuuucho tiempo:
Todas las niñas deberían llamarse Vainilla.
Ella no era como todas las niñas. En su caminar dejaba en el piso huellas sabor vainilla. Una vez un niño llamado Juan se agachó a lamer las huellas. “Sabe a tierra, pasto y vainilla”, nos decía con asco y felicidad. Ella, esta niña tan especial, se llamaba Vainilla.
Su color favorito era el amarillo. Su cuarto estaba lleno de cosas amarillas y todas olían a ella. A ella le gustaba estar todo el tiempo descalza. La cubierta de sus pies la protegía de cualquier cosa que la pudiera lastimar, de la misma forma que un zapato.
Vainilla no tenía papás, sólo uno. Su papá. El señor papá de Vainilla estaba siempre muy amargado para jugar, pero listo para trabajar. La señora mamá de Vainilla se había ido al cielo.
Una noche fuimos a espiar a su casa. Era blanca y tenía dos ventanas en cada lado. Su cuarto estaba en el segundo piso enfrente de un árbol gigantesco. Entre todos, es decir Julio, Fede, Miguel y yo, ayudamos a Juan a subir al árbol. Sentándose en una de las ramas, como en un sube y baja, Juan se asomó por la ventana de Vainilla. Vainilla estaba dormida, como toda buena niña debe estar al meterse el sol. Sus sábanas amarillas le cubrían todo su cuerpo excepto sus pies. Juan trataba de acercarse para ver más de cerca tratando de no hacer mucho ruido con las ramas. Fue inútil. El señor papá de Vainilla salió a regañarnos, así que tuvimos que correr y dejamos sólo al pobre de Juan. A la mañana siguiente, Juan se reunió con nosotros en el viejo Borgward abandonado para contarnos todo lo que había visto. En realidad el señor papá de Vainilla no lo regañó, sólo le advirtió lo peligroso que puede ser subirse a un árbol tan grande.
Los días que venía el Señor de los Helados se armaba todo un carnaval. Con sólo oír su música, lo dejábamos todo y corríamos a la banqueta a esperarlo. A Juan nunca le agradó el tal Señor de los Helados. Siempre miraba maliciosamente a Vainilla mientras ella jugaba en el columpio. Juan trató de advertirnos acerca de él, pero nadie le hizo caso.
La única pista que teníamos era el rastro que dejaban los pies de Vainilla. Comenzamos a seguir el rastro que sospechosamente coincidía con la ruta del Señor de los Helados. Llegamos a la fábrica de helados. Subimos a Juan a un árbol que estaba cerca de un ventanal. “¡Aquí está, aquí está!”, nos gritaba con entusiasmo. Con demasiado entusiasmo quizá, ya que el señor de los helados se dio cuenta que lo habíamos seguido. “¡Ya verán, cuando los atrape terminarán igual de congelados que su amiguita!”, nos decía mientras trataba de atraparnos uno por uno. Nosotros éramos más rápidos que él. Corrimos y corrimos hasta que llegamos al viejo Borgward abandonado. Una vez que nos escondimos ahí empezamos a hacer un plan. Miguel buscó todas las cosas que estaban dentro del coche que nos pudieran servir. “¡Encontré las llaves!”, gritó emocionado. Con las llaves del coche puestas y un plan en mente, encendimos el coche. Suerte que Fede recordara cómo manejaba su papá. Después de seis intentos pudimos salir de la cuadra. Para rescatar a Vainilla aún faltaban cinco calles más.
El Señor de
los Helados ya había encendido la máquina. Vainilla estaba muy asustada
por todos
los ruidos que ésta hacía. Lentamente Vainilla era arrastrada hacia un caldero
gigantesco.
Mientras tanto el Señor de los Helados reía a carcajadas. De pronto alguien
tocó a la puerta. El Señor de los Helados la abrió. Era una persona en gabardina
y sombrero. Me escabullí entre ellos y corrí hasta donde estaba Vainilla para
detener la máquina.
Cuando el
Señor de los Helados se dio cuenta, ya era muy tarde, porque de la gabardina
salieron
dos niños que se le aventaron para detenerlo. Mientras tanto desaté a Vainilla
y
cuando el
de los Helados trató de atraparla se resbaló con la vainilla de sus pies y cayó
en
el caldero
gigantesco convirtiéndose en una paleta gigante. De inmediato llegó Juan con
su papá, que
era policía, y se llevó al Señor de los
Helados.
Vainilla se
cambió de casa meses después, pero antes de irse nos
regaló un
postre que ella hizo con sus manos, algo tan propio de ella: un delicioso
postre
de Vainilla.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)