jueves, 20 de septiembre de 2012

Cuento "El desván y la cruz".

El desván y la cruz
En un rincón del viejo desván en el rancho de mi abuelo Jaime, ahí está. ¿Te acuerdas?, el rancho que está al otro lado de San Pedro. La primera vez que la vi, pensé que era la representación más fiel y real que ha existido de la crucifixión. De acuerdo con mi abuelo era la misma cruz que cargó Jesús. Inclusive está impregnada de sangre en los lugares donde estaban los clavos, nos decía. Probablemente algún loco le roció su propia sangre para hacer de la leyenda algo real, pensé. También nos contaba de las historias de aquellos que por mera casualidad entraban en contacto con la sangre, “todos acababan muertos a no menos de unas semanas”-decía mi abuelo- “¡la cruz está maldita!”.
Mi tío Jorge nos relataba lo que según él, fue la ruta que recorrió la cruz para llegar hasta San Pedro. Él decía que un árabe compró las maderas de la cruz. De alguna forma las maderas lograron llegar a Marruecos, donde cruzaron hasta España. Los misioneros las encontraron, e irónicamente, las usaron para crear otra cruz. Se rumora que un fraile obsesionado fue en un viaje a Jerusalén por los restos de Jesús. Él aseguraba que el cuerpo mortal seguía enterrado no muy lejos del lugar de la crucifixión. Lo encontró, o al menos eso afirma. Nadie sabe si era auténtico, pero de lo que sí estaban seguros es que traía mala fortuna. Probablemente a Dios no le gustaba que jugaran con su cuerpo. Este fraile utilizó los restos del cadáver momificado para crear una figura de Jesús crucificado. Dada la evangelización de América y demás hechos conocidos por todos, la cruz encontró su camino hasta la Nueva España. Desde entonces ha pertenecido a mi familia.
Mi abuelo siempre decía: “México está como está, porque la cruz está en sus tierras, por eso esta zona y sus alrededores son tierras malas, Dios las ha hecho áridas”. ¿Y cómo es que mi abuelo había logrado sobrevivir a la maldición de la cruz?, pregunta inquisitivamente mi primito Alberto. “Pues no lo ha logrado tan bien, ya ves lo enfermo que está, por eso vinimos hasta acá, hasta la casa de mi tío Jorge. Para despedirnos de él”, le contesté. “¿Por qué no vamos al rancho y averiguamos si realmente hay un cadáver en la cruz?”, sugiere de forma maliciosa mientras se levanta de su silla, listo para ir. “Pero el rancho está al otro lado del pueblo, ¿seguro que quieres ir hasta allá?”. Antes de terminar de formular la pregunta, lo vi montado sobre su caballo, así que decidí acompañarlo. ¿Por qué no?, pensé, sería una manera de pasar el tiempo. De cualquier forma estoy seguro que solamente son historias que se inventaron los viejos para asustarnos.
Mientras cruzábamos el puente que pronto nos conduciría al rancho, escuché truenos. Sin embargo no vi alguno. Cualquiera pensaría que en la noche es más fácil apreciarlos. Llegamos al rancho. Amarramos los caballos que parecían un poco asustados. Nos adentramos a la casa. Subimos las escaleras de madera rechinante. Antes de subir al desván, tomé una lámpara de alcohol de lo que solía ser el cuarto del abuelo. Una vez arriba no hubo problema en encontrarla. Era tan grande e imponente que me fue difícil recobrar el aliento. Su rostro expresaba más sufrimiento del que jamás había visto. Podía sentir cómo el frío se colaba por la ventana y me susurraba al oído: "¿Por qué me han de recordar así? Crucificado, sangrado, triste. No fue suficiente crucificarme. Tenían que condenarme a una vida de brazos abiertos y muñecas perforadas. Miles de años no han sido suficientes, ¿quieren más?”. Se detiene y solloza en mi oído. Nunca había escuchado al viento sollozar tan claramente. Estoy empezando a creer en las leyendas. Mi primo halla una navaja con la que empieza a perforar la cruz. “¡Es Jesús!”, grita con entusiasmo cuando extrae lo que parece ser un hueso. “¡Es un hueso de Jesucristo!”, reitera mi primito. De pronto más truenos se hacen presentes. Me asomo por la ventana y veo cómo poco a poco se acercan alrededor de la casa. Corro para alejar a mi primito, pero un trueno se nos adelanta. Perfora el techo y derriba la cruz. Ésta aplasta nuestros cuerpos. La leyenda era verdad. Ahora el abuelo ha muerto…y nosotros también.

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