domingo, 2 de septiembre de 2012

Todas las niñas deberían llamarse Vainilla.


Uy, encontré un texto que escribí hace muuuucho tiempo:

Todas las niñas deberían llamarse Vainilla.

Ella no era como todas las niñas. En su caminar dejaba en el piso  huellas sabor vainilla. Una vez un niño llamado Juan se agachó a lamer las huellas. “Sabe a tierra, pasto y vainilla”, nos decía con asco y felicidad.  Ella, esta niña tan especial, se llamaba Vainilla.
Su color favorito era el amarillo. Su cuarto estaba lleno de cosas amarillas y todas olían a ella. A ella le gustaba estar todo el tiempo descalza. La cubierta de sus pies la protegía de cualquier cosa que la pudiera lastimar, de la misma forma que un zapato.
Vainilla no tenía papás, sólo uno. Su papá. El señor papá de Vainilla estaba siempre muy amargado para jugar, pero listo para trabajar. La señora mamá de Vainilla se había ido al cielo.

Una noche  fuimos a espiar a su casa. Era blanca y tenía dos ventanas en cada lado. Su cuarto estaba en el segundo piso enfrente de un árbol gigantesco. Entre todos, es decir Julio, Fede, Miguel y yo, ayudamos a Juan a subir al árbol. Sentándose en una de las ramas, como en un sube y baja, Juan  se asomó por la ventana de Vainilla. Vainilla estaba dormida, como toda buena niña debe estar al meterse el sol. Sus sábanas amarillas le cubrían todo su cuerpo excepto sus pies. Juan trataba de acercarse para ver más de cerca tratando de no hacer mucho ruido con las ramas. Fue inútil. El señor papá de Vainilla salió a regañarnos, así que tuvimos que correr y dejamos sólo al pobre de Juan. A la mañana siguiente, Juan se reunió con nosotros en el viejo Borgward abandonado para contarnos todo lo que había visto. En realidad el señor papá de Vainilla no lo regañó, sólo le advirtió lo peligroso que puede ser subirse a un árbol tan grande.

Los días que venía el Señor de los Helados se armaba todo un carnaval. Con sólo oír su música, lo dejábamos todo y corríamos a la banqueta a esperarlo. A Juan  nunca le agradó el tal Señor de los Helados. Siempre miraba maliciosamente a Vainilla mientras ella jugaba en el columpio. Juan trató de advertirnos acerca de él, pero nadie le hizo caso.

La única pista que teníamos era el rastro que dejaban los pies de Vainilla. Comenzamos a seguir el rastro que sospechosamente coincidía con la ruta del Señor de los Helados. Llegamos a la fábrica de helados. Subimos a Juan a un árbol que estaba cerca de un ventanal. “¡Aquí está, aquí está!”, nos gritaba con entusiasmo. Con demasiado entusiasmo quizá, ya que el señor de los helados se dio cuenta que lo habíamos seguido. “¡Ya verán, cuando los atrape terminarán igual de congelados que su amiguita!”, nos decía mientras trataba de atraparnos uno por uno. Nosotros éramos más rápidos que él. Corrimos y corrimos hasta que llegamos al viejo Borgward abandonado. Una vez que nos escondimos ahí empezamos a hacer un plan. Miguel buscó todas las cosas que estaban dentro del coche que nos pudieran servir. “¡Encontré las llaves!”, gritó emocionado. Con las llaves del coche puestas y un plan en mente, encendimos el coche. Suerte que Fede recordara cómo manejaba su papá. Después de seis intentos pudimos salir de la cuadra. Para rescatar a  Vainilla aún faltaban cinco calles más.


El Señor de los Helados ya había encendido la máquina. Vainilla estaba muy asustada
por todos los ruidos que ésta hacía. Lentamente Vainilla era arrastrada hacia un caldero
gigantesco. Mientras tanto el Señor de los Helados reía a carcajadas. De pronto alguien tocó a la puerta. El Señor de los Helados la abrió. Era una persona en gabardina y sombrero. Me escabullí entre ellos y corrí hasta donde estaba Vainilla para detener la máquina.

Cuando el Señor de los Helados se dio cuenta, ya era muy tarde,  porque de la gabardina
salieron dos niños que se le aventaron para detenerlo. Mientras tanto desaté a Vainilla y
cuando el de los Helados trató de atraparla se resbaló con la vainilla de sus pies y cayó en
el caldero gigantesco convirtiéndose en una paleta gigante. De inmediato llegó Juan con
su papá, que era policía,  y se llevó al Señor de los Helados.

Vainilla se cambió de casa meses después, pero antes de irse nos
regaló un postre que ella hizo con sus manos, algo tan propio de ella: un delicioso postre
de Vainilla.


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