“Simplemente pasar por la calle y ver su anuncio de neón, con letras bien grandes que decían: Funeraria Pérez e hijo, era suficiente para darle escalofríos a uno. El Doctor era una persona muy reservada. Siempre fue así desde la muerte de su esposa. Imagínese nada más embalsamar a su propia esposa. Yo no podría vivir con semejante imagen. Pero como le decía, a partir de ese momento fundó la funeraria. Y es que antes de ser embalsamador, era médico”. El agente toma nota de cada palabra que digo en una pequeña libreta roja.
“Adentrarse a ese lugar era un acto heroico. En la entrada tenía colocados todos los féretros, y en medio de ellos un escritorio perfectamente limpio. Usted jamás hubiera visto un rastro de polvo o suciedad. El Doctor era una persona sumamente higiénica. Al terminar de recorrer el pasillo que se encontraba detrás de los féretros, estaba el cuarto de embalsamado. Si usted entrara en ese lugar la piel se le escarcharía. Allí el aire no es un aire como el que respiramos usted y yo, oficial. No. Allí era como sentir la respiración de un fallecido. Un aire exhalado de labios secos. Se podía palpar un frío muerto. Un frío que jamás olvidaría, oficial”. El agente cruza los brazos y voltea para ver si nade más lo mira. <
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